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                              En el nombre de mi hermana

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Nathalie Michelle Lorenzana Godínez. Ese es su nombre.

En un accidente del 28 de julio de 2005, de las 12:30 p.m., en la carretera de Oro, cuando iba a dejar a nuestro sobrino de 5 años, ella quedó inconsciente.

Trauma cerebral severo. Coma.

El niño dio los datos, los números de nuestra otra hermana, su mamá. A su tía Nathalie la llevaron al hospital Zacamil.

Escribían su nombre en la orden para el TAC y ver qué tan lastimado estaba su cerebro. No lo pudieron hacer por su estado. Su nombre estaba mal escrito.

Los policías llegaron a pedir datos, de una vez aconsejándonos y muy condescendientes. Nos explicaban cuánta culpa tenía el conductor del camión que arrastró a todos los vehículos de la cola del redondel que esperaban a que estos mismos policías y sus compañeros hicieran su trabajo: hacer fluir el tráfico luego del primer accidente al otro lado.

Nada de eso habían hecho, ni hicieron. El Dr. Olivares, en el hospital Zacamil estuvo pendiente de mi hermanita y de darnos, a mi pareja y a mí, los avances que no había. Me preparó para lo que venía. Al final, me dio la noticia: Nathalie había muerto. El doctor tuvo la deferencia de decirme siempre la verdad y compartir, en lo posible nuestro dolor. Su sinceridad desde el principio, cuando todavía tenía signos vitales, me permitió seguir asumiendo lo que mi madre había dejado en mis hombros: recibir todo de Nathalie, recibir la noticia, darla, de reconocer su cuerpo, prepararla, protegerla de curiosos, cuidarle su cuerpecito y las últimas impresiones que dejaría en este mundo.

Nathalie murió alrededor de las 3:00 pm. Para que nos entregaran su cuerpo era necesario que llegara Medicina Legal y la Fiscalía… Nos auguraron una larga espera.

A la entrada del salón “Eternidad”, su nombre también estaba mal escrito.
Del Externado San José, mis amigas llevaron al Padre Cubías… Nos habló de la esperanza, una esperanza comprometida con esos nombres que a diario están mal escritos, pero que son una cifra exacta de la violencia. Una violencia generalizada, un actuar ilegal constante, un construir irresponsablemente, un dirigir país superficialmente.

Esto hicimos para despedir a Nathalie: reflexionar sobre nuestra responsabilidad en nuestra forma de convivir.

En su entierro, su nombre también estaba mal escrito.

El 2 de agosto, nuestra otra hermana, en la vista pública, tuvo que aclarar que a pesar de la rutina, nosotras no llegábamos a negociar por la vida de mi hermanita.
¿1000??? Eso vale la vida de su hija???” Algo así fueron las preguntas en la vista pública.  Nathalie no tiene precio.

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