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En estas fechas, cuando la mayoría de las personas centran su atención en las celebraciones, los regalos y la diversión, son pocos los que recuerdan el motivo real de la supuesta alegría que tanto se proclama. Para los cristianos se celebra el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, el Primogénito. Un hombre que decidió seguir una voluntad que, cierto o no, era Divina. |
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Jesús creyó en su destino, se supo a sí mismo único, aceptó su herencia como Hijo de Dios y defendió sus principios y sus valores aunque ello le llevara a la muerte. Fuese o no, según la fe que profese cada quien, el Mesías, Jesús no se rindió en su lucha por cambiar un mundo que consideraba injusto e incorrecto. Dio su vida por sus valores y enfrentó el miedo entregándolo en las manos de Dios. Nosotros vivimos en un mundo en el que la injusticia, el caos y la falta de valores se han vuelto tan comunes que la mayoría de las personas parece inmune ante lo que ocurre a su alrededor. La mayoría calla, se conforma, acepta con impotencia, e incluso con indiferencia, el mal que le rodea. La gente calla, a veces por miedo, otras por negligencia. Los seres humanos repiten como autómatas que han sido creados a la imagen y semejanza de Dios, tal como lo señala el Génesis; pero para ejercer su rol de agentes de cambio, para el ejercicio real de la creación, olvidan estas palabras, y con ello se olvidan a sí mismos. El mundo entero clama por los creadores de nuevos tiempos, por espíritus libres capaces de emprender una lucha pacífica contra la indiferencia, el desamor y la injusticia. La historia está urgida de Hijos de Dios, capaces de ejercer su rol y enfrentar las vicisitudes del cambio que está por venir. No es una tarea fácil, no es un camino libre de temores; pero así como el mismo Jesús sintió miedo, tanto que sus vasos capilares se rompieron por el estrés hasta el punto que los Evangelios declaran que sudó sangre, los hacedores de nuevos tiempos tendremos que enfrentar el temor y la angustia con la certeza de que algún día, generaciones futuras, puedan escribir la historia en un mundo mejor. Quizá la mejor celebración de la Natividad que hoy podamos hacer será preguntarnos ¿qué puedo hacer para crear un mundo mejor? Y luego, en un acto de fe, pedir a Dios la sabiduría necesaria y la fortaleza de espíritu para hacer lo que a cada uno de nosotros le corresponde en el camino del cambio.
Adriana Pedroza |
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